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L’impegno socio-politico ed economico come nuova forma di evangelizzazione

Rev. Salvatore NICITERETSE

Introducción
¿Por qué la Iglesia habla de economía, de política, de lo social, si no tiene pretensiones evidentemente de acceder a competencias particulares de ciencias económicas, políticas o de prácticas de la economía?
Sabemos que la respuesta está en el carácter ético de numerosas opciones que las personas tienen que hacer en cuanto a la vida económica y política. ¿Comprometiéndose en el debate de los problemas éticos concretos de la vida social, económica y política en particular, la Iglesia se inspira en el Evangelio, fuente única – se supone- de una afirmación propiamente cristiana?
En efecto, desde hace tiempo los cristianos protestantes se preguntan ¿La Doctrina Social de la Iglesia católica no consiste más en enunciados de derecho natural o de filosofía social natural que en la llamada del Evangelio? ¿La Iglesia puede presentarse como magisterio en derecho natural? También a esta pregunta debemos intentar darle respuesta.
Es desde esta óptica que podemos hablar del compromiso político y socio – económico como nuevo modo de evangelización.
Articularemos nuestra intervención en los puntos siguientes: la competencia de la Iglesia a tratar las cuestiones socio- políticas y económicas; los retos de la evangelización hoy a nivel global y local y por tanto las perspectivas de solución.

I. La competencia de la Iglesia en materia socio – económica y política
En efecto sabemos bien que la misión que Cristo ha confiado a su Iglesia no es de orden económico, ni político o social: el fin que ha asignado es de orden religioso. Pero de esta misión religiosa surgen una función, luces y fuerzas que pueden ser útiles para constituir y consolidar la comunidad de las personas según la Ley divina.

El punto crucial, según el Concilio Vaticano II, es que Jesucristo en el cual la humanidad, según la fe cristiana, está unida a la misma divinidad, el hombre es reconocido de un modo nuevo y más seguro. “Cristo, nuevo Adán, en la revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le revela la sublimidad de su vocación”. El Concilio añade precisamente: “con su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido de alguna manera a cada hombre”(1).
Esta última afirmación ha sido retomada hoy por Juan Pablo II y está claro que surge una percepción especial de la dignidad humana de cada persona. Anunciar a Cristo es, por tanto, revelar al hombre su dignidad inalienable que Dios ha rescatado con la encarnación de su único Hijo. Ya que tiene esta dignidad incomparable, el hombre no puede vivir en condiciones infrahumanas de vida socio – política y económica. Es precisamente en nombre del Evangelio que la Iglesia se compromete en los problemas de la economía, de la política y de la sociedad. También lo hace por la fe, por su comprensión del acontecimiento – clave de Cristo. La economía como la política no es una práctica totalmente autónoma, donde no se pongan cuestiones de valor último y de tratamiento del hombre, por parte del hombre, para el hombre. Es exactamente lo contrario.
Por esta razón, la Iglesia no puede no comprometerse. Los problemas socio – económicos y políticos no se reducen a los aspectos técnicos. Lo social, lo político, así como lo económico son problemas humanos que tienen dimensiones éticas. También en los ámbitos esencialmente técnicos, la fe forma la conciencia del hombre para facilitarle asumir sus compromisos históricos. En este sentido, la fe sostiene el orden social reforzando el sentido moral de las personas (2).
Además los problemas sociales tienen su origen y su raíz en el pecado de los hombres, en la descristianización de la sociedad y en el olvido de los valores espirituales. Nuestra organización económica ignora, es más, contradice las exigencias morales; por eso los obispos en Medellín, Juan Pablo II en la homilía en el santuario de Zapopán y los obispos en Puebla (3), la describen como situación de pecado. Son por tanto las causas morales, especialmente el afán exclusivo de beneficio y la sed de poder que producen las estructuras de pecado.
Al mismo tiempo, hay que reconocer que las consecuencias de los problemas sociales, también afectan a la Iglesia, porque las condiciones de vida inhumanas impiden la realización de la persona, su vocación al desarrollo y a la salvación total; suponen un gran desprecio de la persona y generan una visión y una concepción materialista de la vida (4).
Finalmente la Iglesia, a través del Magisterio, tiene la obligación de proponer una concepción cristiana de la vida, que comporta el deber de escuchar sus enseñanzas: la evangelización supone la interpelación recíproca entre el Evangelio y la vida social. Hay, por tanto, una unión profunda entre evangelización y promoción humana, unión de orden antropológico, porque el hombre a evangelizar no es un ser abstracto, sino sujeto a las cuestiones sociales y económicas. Unión de orden teológico, porque no se puede disociar el plano de la Creación del plano de la Redención, que abarca situaciones muy concretas de la injusticia que hay que combatir y de la justicia que hay que instaurar (5).
Partiendo de estas competencias, veamos algunos retos para la evangelización de hoy.

II. Algunos retos globales, locales y las perspectivas de solución para la evangelización en profundidad
Entre estos retos, fundamentales son el problema del endeudamiento, el de la economía de mercado, de la “buona governance”, de la distribución de los bienes como el capital, la tecnología, la cultura y otros… Estos retos no favorecen la dignidad humana y crean desigualdades a nivel global y local; convirtiéndose por tanto en obstáculos para una evangelización en profundidad. 

II.1. El problema de la deuda en relación a la dignidad humana
La deuda externa no es solamente un dossier político. Es también un inmenso desafío moral, en la medida en que concierne a la dignidad humana, los derechos humanos y el bienestar de los hombres, de las mujeres y de los niños más vulnerables de la comunidad internacional.

Analizada con referencia a la Doctrina Social de la Iglesia, la situación actual de la deuda internacional constituye un inmenso desafío moral. Ataca la dignidad intrínseca de la persona humana, dignidad que cada ser humano posee de Dios a partir de la creación, independientemente de cualquier acto personal.
Su defensa y promoción no podrán realizarse sin un mínimo de condiciones de orden político, económico y social que determinan a lo que cada individuo o Estado debe aspirar y lo que debe defender y exigir a los demás. En otras palabras, es la consecución del bien común que debe señalar la responsabilidad de los individuos y de los Estados, de las instituciones internacionales y de otros organismos privados.
Las reducciones de la deuda deben ser consistentes y proyectadas en beneficio de los pobres. En efecto, el principio motor debe ser el de satisfacer las necesidades humanas básicas antes que pagar la deuda. “Life before the debt”. La cantidad de la reducción de la deuda debe ser suficiente para liberar los fondos necesarios para las necesidades básicas de la población como la sanidad, la educación y las infraestructuras básicas. Esto es “putting life before debt”. Todos los gobiernos, del Norte como del Sur, deberían comprometerse a eliminar la vergüenza de la pobreza. 
– La trasparencia y la participación de la sociedad civil, incluída la Iglesia, las ONGs, los pobres y los marginados son esenciales para los acuerdos para la cancelación de la deuda, la estructuración de los recursos liberados y para promover nuevos financiamientos y ayudas. De este modo, los gobiernos deudores podrán ser considerados como verdaderamente responsables de sus ciudadanos. Esto podría reducir el riesgo de futuras crisis deudoras.
– El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han demostrado que sin compromiso real de la población local, las condiciones y los términos provenientes del exterior son siempre ineficaces.
– Las políticas actuales de condonación de la deuda deben ser más rápidas, más consistentes e incluir un gran número de países. De los 41 países considerados admisibles a la reducción de la deuda a través de las iniciativas de los países pobres más endeudados en el 1.997, solamente 7 han sido admitidos y solo 4 se han beneficiado de una reducción de la deuda. Esto demuestra que el camino es largo. A este reto se añaden otros como el de la economía de mercado, la buona governance a nivel local y global…

II.2. El desafío de la economía de mercado, de la buona governance y las perspectivas de solución para una evangelización en profundidad
El reto fundamental que la economía de mercado pone a la evangelización de hoy reside en el desplazamiento del problema propiamente moral, característico de una cultura “compleja” y que afecta a la conciencia personal y a su capacidad de revestir, también las formas del actuar económico, corrigiendo el secuestro que obra la filosofía del “business is business”.
En efecto, la época de la globalización ha transformado el planeta entero en una aldea única, unificada por las redes telemáticas, por el sistema de información de masas y por la interdependencia económica y política a menudo expresada en formas unilaterales de dependencia de los débiles hacia los más fuertes. El valor que se perfila a nivel ético y no solo económico y político es el de la subsidiridad. Lo que se puede hacer y promover a nivel local, no se debe pedir en otro lugar, mientras los procesos de globalización deben estar atentos a valorar la participación de la base y no solo la intervención desde lo alto.
La pérdida de identidad de las culturas locales es un peligro para todos, porque la aldea global tiene necesidad de la comunidad, pueblos y ciudades que pongan en común sus riquezas económicas, políticas, sociales, culturales y espirituales y se beneficien de la comunicación total que lleva los medios y recursos que les faltan.
Es en este sentido que la Iglesia, que sabe que las culturas son medios necesarios para la evangelización, no debería permitir que desaparecieran, sino que al contrario, debería promoverlas a través de una verdadera inculturación.
Por esta razón la Iglesia debe actuar para saber defender el lugar del hombre en la economía global. La Iglesia debe tender a poner los pilares éticos para defender al hombre y, sobre todo, al débil y al último también en el nivel económico, porque en la economía está presente la ética.
La comunidad internacional (ONU) debe actuar lo más pronto posible, poniendo argumentos jurídicos, sociales y políticos a la lógica imparable de las empresas y del lucro. Se debería hacer reconsiderar a las organizaciones mundiales del Comercio y del Trabajo para que sean organismos realmente mundiales, que permitan a los países más pobres introducir en el mercado mundial sus productos – sobre todo agrícolas y textiles – sin ser penalizados por las medidas proteccionistas de los países más desarrollados y sin que la pobreza de ciertos países sea explotada por compañías sin escrúpulos. Es necesario también, pedir que haya un “grupo de governance global” cuyos miembros no sean solo los 24 Estados representantes en el Consejo de Administración del Banco Mundial, sino también todos los Estados de la ONU.
La comunidad internacional debe crear, a nivel mundial, un verdadero Estado de derecho, en el que la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” de 1.948, enriquecida con nuevas aportaciones, esté llamada a desempeñar un papel análogo al de la Constitución en un país democrático. Será necesario, al mismo tiempo, que el Tribunal penal Internacional, recientemente constituido, sea una instancia realmente reconocida y accesible, y que no sea también éste, como la ONU, víctima de los vetos de las grandes potencias mundiales.
En el cuadro de un mundo globalizado, el gran reto que la Iglesia debe afrontar hoy es la promoción del diálogo interreligioso. Es un medio para realizar con mayor profundidad su catolicidad. El diálogo interreligioso puede ser un medio eficaz para buscar, junto con otras religiones, caminos comunes para la promoción de la paz y de la justicia, para la conservación de la creación y para superar todas las derivaciones del fundamentalismo, como nos enseña Juan Pablo II.

Conclusión
El fin es por causa de su fidelidad al Evangelio que la Iglesia debe comprometerse en las cuestiones socio – económicas y políticas. La fe cristiana no es un hecho puramente interior y privado; debe tener consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales.

Los que creen en el Evangelio deben tener el imperioso deber de construir la ciudad terrena según el plan de Dios. Es importante precisar aquí que el fin que se busca a través del compromiso socioeconómico y político, en cualquier nivel, no debe ser la consecución de privilegios egoístas o de beneficios injustos, sino la consecución y la realización del bien común para el desarrollo del hombre y la defensa de la dignidad de la persona humana.
Podremos reconstruir la humanidad y promover la universalización fundada no en la economía absolutizada, sino en la humanidad y sus posibilidades. 
No basta por tanto humanizar la economía o la política, sino que es necesario crear las condiciones para que todos puedan vivir juntos. Luego, cada uno debería preguntarse sobre su estilo de vida para vivir en la sobriedad y con la atención a la pobreza de los otros y así huir de las trampas de la sociedad de consumo que es fruto directo y legítimo de la globalización actual. Es necesario un esfuerzo sinérgico para construir una “comunidad” verdadera en las condiciones concretas y limitadas de hoy.
De esta comunidad feliz, hacia la que todos debemos aspirar, da una imagen potente el libro del Apocalipsis: es la Jerusalen celeste que conjuga la identidad luminosa y la apertura y la acogida al otro (7), el anuncio del kerigma y el compromiso del testimonio eficaz de la vivencia socioeconómica y política.
Hacia esta ciudad debe tender el compromiso de todos y cada uno a través de pasar continuamente a las ideas posibles inspiradas en los principios éticos diseñados y realizados con la aportación de todos, empezando por el pueblo humilde de los pobres y de los últimos de la tierra que son los más queridos por Dios, porque, si a menudo se olvidan en el libro de las cuentas de la tierra, están inscritos en el libro de la vida del Cordero (8).

Note
1 G.S. n. 22.
2 M.M. n. 195; Q.A. n. 96.
3 Puebla 40-44.
4 Q.A. n. 135, 144 e P.P. n. 9,21-22.
5 E.N. n. 31.
6 GIOVANNI PAOLO II, Novo Millennio Ineunte n. 55.
7 Ap 21, 23-27.
8 Ibidem.


II Encuentro Continental Africano
SEREIS MIS TESTIGOS EN AFRICA. Realidad, retos y perspectivas para la formación y la misón de los fieles laicos. La aportación de la Acción Católica/2 – Bujumbura, 21-25 de agosto de 2002

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