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ORACIÓN A LA VIRGEN DE LUJÁN

Cardinal Eduardo F. Pironio

Virgen de Luján, Madre de los pobres y los humildes, de los que sufren y esperan: Tú has querido elegir este lugar, en la inmensidad silenciosa de las pampas argentinas, para escuchar nuestras súplicas, serenar nuestros corazones y hablarnos de tu Hijo: “El Salvador de ayer, de hoy y de siempre”. Este sencillo lugar constituye el corazón espiritual de nuestro pueblo.

Hoy llegamos a Tí un pequeño grupo de discípulos, apóstoles y testigos de tu Hijo que nos hemos reunido en estos días en el Forum Internacional de Acción Católica. Tú has inspirado siempre las grandes empresas de la Acción Católica Argentina y junto a tí fueron creciendo y madurando inolvidables militantes y dirigentes de esta providencial Asociación apostólica de la Iglesia.

Hoy venimos de lejos y de cerca. Somos rostros distintos y culturas diferentes, con un lenguaje diverso, pero nos entendemos en la misma Palabra de tu Hijo que nos dice a cada uno: “Aquí tienes a tu madre”. Y así te sentimos, María, como Madre y Señora nuestra. Sólo te pedimos que nos mires y nos escuches. ¡Tendríamos tantas cosas que decirte, tantas penas que contarte, tantas gracias que pedirte! Para nosotros, para nuestros países, para nuestras Iglesias locales. Pero nos falta el tiempo y las palabras. Sólo nos basta el haber llegado hasta aquí para mirarte y saber que Tú nos miras y nos cambias.

Somos jóvenes y adultos, hombres y mujeres, que quieren vivir la Iglesia en el corazón del mundo, como tu Hijo nos lo pide. Bien comprometidos con la hora y el tiempo que vivimos. Queremos vivir con fidelidad serena, fuerte y humilde, unidos a nuestros Pastores – Obispos y sacerdotes –, a los religiosos y todos los fieles laicos en comunión de Iglesia misionera. Nos sentimos marcados por el fuego del Espíritu Santo y enviados nuevamente por tu Hijo para anunciar a todas las gentes la Buena Nueva del Reino: el amor del Padre.

Hemos penetrado desde la fe el mundo en que vivimos y nos hemos comprometido a hacer, desde el corazón de una Iglesia comunión, un diálogo y un camino de salvación. Sentimos los desafíos de este siglo que termina y las esperanzas que nos ofrece el nuevo que se acerca.

Virgen de Luján, Madre de Jesús y madre nuestra: hoy dejamos en tu corazón nuestra inquietudes y esperanzas, nuestros dolores y alegrías. Queremos ofrecerte nuestra pobreza, nuestra oración, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestro amor a la Iglesia insertada en el mundo como sacramento universal de salvación. Te pedimos que nos hagas fuertes en las dificultades y serenos en los peligros. Tú sabes bien lo que necesitamos: un gran espíritu contemplativo para comprender la pobreza de los hombres y el dolor de los pueblos, una grande capacidad para acoger la Palabra de Dios y ponerla en práctica, una serena fortaleza para abrazar la cruz de tu Hijo y una gozosa capacidad para entregarnos al servicio de nuestros hermanos.

Queremos amar intensamente a la Iglesia y vivir en comunión profunda con nuestro Pastores. Que seamos orantes y misioneros. Que sepamos acoger la Palabra de Dios y contemplarla, ponerla en práctica y comunicarla con el fuego del Espíritu. María Santísima ayúdanos a ser fieles a nuestra hora. Es una hora “dramática y magnífica”, llena de desafíos y de esperanzas. Se necesitan fieles laicos que vivan la santidad de su Bautismo y el compromiso apostólico de la Confirmación; que vivan con sencillez cotidiana el Misterio Pascual; que no le tengan miedo a la cruz ni al martirio. Que sólo vivan la alegría de la santidad en la comunión misionera de la Iglesia.

Gracias, oh Madre y Señora de Luján, por habernos recibido hoy en tu casa, por habernos mirado y escuchado, por habernos hablado y robustecido, por habernos enseñado a ser Iglesia. Ahora nos volvemos serenos y fuertes, llenos de alegría y de esperanza. Volvemos a nuestras casas, a nuestros países, a nuestras Iglesias locales, con la seguridad que nos dan estas palabras de tu Hijo: “Aquí tienes a tu madre” y llevamos en el corazón la alegría de repetir contigo a Jesucristo – el de hoy, el de ayer y el de siempre – estas palabras tuyas: “Yo soy la servidora del Señor: que se haga en mí según tu palabra”. Y nos volvemos a casa llevando tu presencia de madre que nos dice: “Hagan todo lo que él les diga”. Así nos comprometemos y que así sea. Amén. Aleluya.

Luján, 14 de septiembre de 1997

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Cardinal Eduardo F. Pironio
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